Como bien sabéis y sufrís, queridos lectores, los humanos no se caracterizan por su perspicacia. Digo esto porque, cuando llegué a su casa, la tía petarda de mi dueña creía que yo era un chico, por eso me llamó Maximino, ya sabéis, porque todos los hamsters se llaman Max (las memeces que tengo que oír...). Claro que en la tienda donde nací le dijeron que era macho. Pero es evidente que soy chica, ¿a que sí?
Me instaló en mi jaula, me compró de todo y me llevó a vivir con las “titas” Vane y Marta. Y pasaban los días y ellas decían:
se está poniendo muy gordo Max, ¿no? y la tía cerda contestaba:
sí, y está muy inquieta, ¿no estará preñada? Pero claro, como yo era un macho, no era posible. (Y no voy a hablar de lo gordas que se estaban poniendo ellas tres, que sabéis que a mí criticar no me gusta.)
Total, que un día, que estaba mi dueña con la tipa que cuida a Paco y Cuqui, tuve a mis cinco hamstercillos, jeje, para gran alarma de mi dueña y de la otra tonta del haba, que oyeron a uno de mis niños llamarme:
¿qué es ese chillido? ¿y qué es esa cosa rosa que hay en la jaula de Max? ¡Dios mío, ha parido el hamster! Jajaja, pues claro, me quedé preñada el día antes de llegar a su casa, había que aprovechar, ¿no? Vete a saber si lo vuelvo a catar...
La verdad es que me cuidó muy bien, no me dio nada la lata las dos primera semanas, y pude ocuparme yo sola de mis niños, que daban bastante guerra. A partir de los quince días se fastidió

el invento, ya venía a verme todos los días, y aquello se convirtió en un desfile de “titos” que querían conocer a mis cachorritos (
maxecitos los llamaba ella) que, no es porque los pariera yo, pero eran muy guapos. Y no es que resulte muy fácil educar a cinco roedores hiperactivos con un montón de lerdos observándote:
qué guapos son los ratonines, a mí me gusta más este, a mí el otro... brrrrrrr, qué panda de impertinentes. En esta foto tenían catorce días. Ahora ya se han independizado, ¡nosotros no somos como los humanos, que viven en casa de sus progenitores hasta los cuarenta!